sábado, junio 14, 2003

La Muerte Asecas
No hay nada más relajante que pasarse un sábado en fachas, escuchando a Sabina y su "Cuando me hablan del destino", son de esas canciones que te transportan. Con su letra me muevo al vaivén de la nostalgia.
Y ya que ando con motivos de añoranza, trataré de recordar a mis amigos, a todos aquellos que de alguna forma han fortalecido a este irreverente y su afán por comer sopa de letras.
Del primero que tengo memoria es de Luis, mi amigo de infancia con el que pasaba las tardes jugando fútbol y aunque en realidad nunca fue una relación filial de nexos muy intelectuales, compartimos una gran cantidad de aventuras propias de la primer etapa de la vida. De él lo último que supe es que se había casado.
En esta misma época se encuentra Juan "Asecas". Pequeñito y muy vivaracho, Juanito como le decíamos todos en el barrio, era el clásico lepe que se la pasaba hostigando con sus bromas, tal vez se escudaba en su buen sentido del humor para ocultar sus pesares.
Resulta que entrada la adolescencia, todos en la cuadra comenzamos a manifestar los cambios propios de la pubertad: El desarrollo y ensanchamiento del cuerpo, los cambios de voz, el crecimiento del vello, etcétera, todos exepto Juan.
Resulta que padecía de un extraño mal -del que a la fecha desconozco el término que le diagnosticaron-, lo cual impedía que se desarrollara normalmente.
Entrados en los 15 años todos comenzabamos con el clásico coqueteo con las chicas y Juan, ante su ausencia de desarrollo físico, se tenía que seguir conformando con las canicas y la resortera.
Le decíamos Juan "Asecas" porque en una ocasión que se organizaba una piñata, una de las vecinas nos preguntaba nuestro nombre completo para efecto de la invitación, total que todos fuimos dando nuetro nombre y cuando llegó el turno de Juan, este solo atinó a responder: "Me llamo Juan".
La vecina desesperada por su respuesta, mandó a mi amigo a que fuera a su casa para que preguntara a su madre por su nombre completo, en un descuido Lupe, su mamá, le dijo te llamas Juan a secas, creyendo tal vez que se refería a si tenía algún segundo o tercer nombre (como yo que tengo tres nombres).
Para no hacer gran rodeo, el caso es que la vecina al escuchar a un contento Juanito que le decía orgulloso "me llamo Juan a secas", fue tan pendeja que le puso en la invitación "Familia Asecas", y desde entonces se le conoció con tal apelativo.
Hace 13 años que vivo en esta ciudad, como un sueño de esos que uno prefiere evitar, en una ocasión escuché a mis padres hablar sobre las personas que recordaban de aquella, mi primera tierra.
Yo para esas fechas tuve que mudarme a la Ciudad del Crimen y dejé de verle por varios años.
Para cuando cumplí 18, en uno de mis viajes de visita a la familia, me dí una vuelta por el antiguo barrio para ver el estado que guardaba mi antigua casa. No sé por que razón, pero uno crea vínculos silenciosos con el primer hogar y siempre se le tiene presente como un punto de partida al que seimpre se regresa.
En fin, el asunto es que al dar la vuelta por la calle Aves Liras muchas de las cosas habían cambiado, mi venerada vivienda ya no mantenía su misma fachada, los nuevos dueños habían realizado modificaciones, el terreno donde jugabamos a las canicas y fútbol había sido pavimentado para usarse como estacionamiento, los vecinos mayores ya mostraban el toque de Cronos en su semblante y las canas habían comenzado a coronarse en sus sienes, todo cambió a excepción de Juan ¡aún era Juanito!
No sé por qué razón, pero cuando hablan mis padres siempre viene a colación el tema de la muerte, en sus pláticas se hace como un breve -no se si llamarlo réquiem u obituario verbal- recordatorio de aquellos que se han ido.
Para mi sorpresa en la charla de ese año figuró el nombre de mi amigo. Ese extraño padecimiento, originado probablemente porque los padres guardaban lazos consanguíneos, le hizo crisis y lo llevó a donde las palabras se pierden sin destino.
Al enterarme escribí unas muy malas líneas, de ésas que salen solamente cuando nos mueve el corazón, porque a veces me hace falta un amigo como Juan para que me haga olvidar de las presiones y me provoque una sonrisa . Es un texto técnicamente malo, pero que al que le guardo un gran cariño y quiero compartir esta ocasión con ustedes:


Juan de la Bandera
Jaunillo siempre un niño
canicas y resortera revolcándose en las empolvaderas
con ramas secas cazaba mariposas
pero se le escapaban las respuestas

“Juan a secas” creía que era su nombre
mi único amigo verdadero de la infancia
Juanito siempre rebelde
necio como un abuelo, pequeño ladrón hazañas

Un lunar bajo cada ojo
como lágrimas permanentes
delataban su inocencia frente a lo irónico
porque cada 24 de febrero cuando la bandera izaban
nosotros comíamos pastel celebrando su cumpleaños.

Le ví por última vez
cuando ambos teníamos 18 años
siendo yo un hijo de otra tierra
lo ví inmutable
como mis recuerdos lo guardaban

Juanito, Juanillo solo
caminaba en la polvadera
llevaba canicas, resortera en mano
y su niñez como anatema

El buen Juan jamás creció
su mala sangre lo condenó a ser niño
amo de la burla el tiempo jugó su propia broma
a ver crecer los años en otros rostros
mientras sus manos amasaban golosinas
y su carácter amargo se tornaba.

Lúgubre como mi exilio
Juan de la Bandera ya no cantará
ni jugará más a las escondidas
se ha quedado dormido
con el invierno como cobija.

Este 24 de febrero no habrá más pastel
se ondeará la bandera levemente
en su honor dejaré su sueño como larva
se prepare a emprender el vuelo a un nuevo cielo

quiero pensar que todo lo hoy sabido
es una nueva pesadilla
como aquellas bromas tan pesadas
con las que el buen Juan me divertía

al menos eso quiero creer
hasta que Juanillo me regresé mis canicas,
y con una de sus limpias sonrisas
me confie que nada es cierto.

Donde quiera que estés Juan, un abrazo.

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