martes, febrero 10, 2004

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Scooby Doo es la neta


La semana pasada, luego de muchas peripecias por fin logré ver la versión llevada al cine del que creo, fue el ídolo de muchos de los que ahorita andan entre los 25-35 años, me refiero a Scooby Doo.
Aunque originalmente tenía planeado acudir al cine a ver esta cinta de ligeras aspiraciones artísticas pero de grandes expectativas emotivas, pospusé el encuentro debido a que por ese momento pasaba por una especie de hostigamiento.
Lo que ocurría es que una persona a la que consideraba amiga hasta ese entonces, no dejaba de hacerse a la idea de que mis intenciones iban más allá de una charla con cervezas, pero bueno, allí cada quien con sus demencias, vuelvo a cosas más importantes.
Para quienes ya vieron está cinta -que me imagino es obligatoria para quienes son padres de familia de niños latosos en busca de lo que va saliendo en el cine-, Scooby Doo resultó un respiro para mantener quietos a los infiernillos por un buen rato.
La historia es sencilla, pero no podía ser de otra forma ya que no podemos pedir demasiado en este caso, pero de alguna manera hace resucitar las vivencias de cuando uno era un pibe.
A diferencia de cintas como Batman o Superman, Scooby Doo recobra su esencia al ser personificado por seres humanos, con ratos hilarantes, que en más de una ocasión nos hacen soltar la carcajada.
La mayoría de las ocasiones buscamos películas que nos muevan a la idea de que estamos viendo cine de calidad, pero creo que el cine que podemos de alguna manera valorar no reside en su calidad sino en su carga emotiva.
En este sentido Scooby Doo, logra su cometido de principio a fin, más que nada, porque muchos nos sentimos de alguna manera encabronados cuando por manejos de la historia empezaron a incluir al sobrino del gran danés, un perrillo petulante llamado Scrapy, que realmente lejos de generar adeptos a la serie, marcó del declive de una de las mejores historias de dibujos animados.
Por eso el final de esta película es lo mejor, si ya la vieron y no les gustó, creo que deben comerse una scooby galleta, relajarse de las poses mamonas de artista y por una vez más, reaprender a ser niños y sonreír con la inocencia de la quien puede disfrutar su ingenuidad perdida.

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