viernes, octubre 22, 2004

Reminiscencias de viaje


Estoy muy cansado, han sido más de 20 horas en carretera, si bien repartidas, en dos días, no por eso menos extenuantes.
Nos dirigimos a las faldas de la sierra Tarahumara para realizar un reportaje sobre la vida de los menonitas y a la par, para reinventarnos. Siempre un viaje te pone a la disposición de reconsiderar la forma en la que vas tomando la vida. Encender el motor del automóvil y avanzar perpetuamente kilómetros sobre una línea que parece interminable, nos hace adentrarnos también en un viaje introspectivo. En el camino, la posibilidad de la muerte se acrecienta.
Está en el viaje la muerte rondando los parabrisas, los juegos luminosos provocados por las escasas luces, vuelven esta ausencia de sinergia corporal un alud de manifestaciones mentales.
Me falta el aire, recorro las ventanas del vehículo y no hallo más que mi propio rostro, apenas si logro distinguir mis ojos, el contorno. Regreso la vista a la carretera en donde yacen los rastros de la sangre, probablemente de alguna res con poca fortuna. Kilómetros adelante, cuatro vehículos destrozados y dos luces de torretas se mezclan en un bizarro paisaje de falsa alegría y silencio.
Los ojos ya no responden a mis órdenes, conduzco el sueño y me equivoco al pensar que llego a un paraje, me dirijo a un punto al horizonte en donde la luz se alcanza a refractar en las nubes que están a poca distancia del suelo.
Al llegar al pueblo todo está silencio, no hay trasnochadores ni bohemios, los escasos anuncios de neón están destinados a papelerías, talleres y tiendas comerciales. Falsa se vuelve entonces la idea de perdición. No hay nada en mi garganta y esta sequedad me impide emitir una nueva palabra para sustentar las horas que restan de la noche.
Hablo, pero el sentido de mi voz se pierde en este vacío donde los pobladores del insomnio han decidido abandonarme. Me siento extraño al estar vivo en este lugar donde todo va muriendo. Hay varios pisos que han de crujir bajo mis pasos. Los exploro, me sumerjo. Todo es silencio.
Ahora estoy bajo mi piel, ausencia, el color de lo que se percibe es lo de menos, una nueva partida es el amparo para esta regresiva cuenta por los andamios de la vacilación y luego, hay que jugar a no ser nadie, a ser el eco provocado por el ruido de los autos que aún siguen pasando a un costado, en la carretera principal.
Es el sonido de motores lo que me alegra esta soledad, con ellos llegan las canciones, cavilaciones sobre el otro punto que está cruzando los cerros, más allá de esta muerte que es la noche en la lejanía.
Aquí está esta letra que no reconozco, el aullido de los coyotes y una llamada al teléfono celular que me hace sentir un sobresalto. Son las primeras horas del día, el alarido que se niega a quererme me abandona y se escapa en definitiva para no tocarme.
Una vez encendido el motor, fui el fugaz en este reloj de arena, era yo el impropio a los labios que intentaban reconocer a alguien, fui yo el colonizador de mi propia soledad y ya sin fuerza, entendí este lugar etéreo, como el verdadero punto de partida a Obregón.


(Extracto Obregón)

1 comentario:

Magda dijo...

Hola. Viajar es una de mis pasiones, y comprendo todo lo que comentas porque he vivido estas sensaciones especiales. Creo que dentro de todo lo que dan los viajes, cortos o largos, está esto de asumir nuestra soledad digámosle existencial. Pero a la vez es un sentir muy significativo, no triste, al menos asi lo siento yo.
Siempre llevo un cuaderno para apuntar todas estas experiencias, cuando lo vuelvo a leer vuelvo a viajar y a vivir lo que senti.
Muchos saludos.